
By Yuri González
Emprender no es una línea recta, es un camino lleno de aciertos y tropiezos.
En este artículo comparto los errores que he cometido desde que comencé —y lo que cada uno me ha enseñado— para que tú puedas avanzar con más claridad, estructura y menos culpa.
No tenía dinero, ni contactos, ni claridad total, lo que sí tenía era ganas (y necesidad también). Con el tiempo he descubierto que el problema no era “empezar sin recursos”, sino empezar sin estructura, sin mentalidad y sin enfoque.
A veces miro hacia atrás y me sorprende la cantidad de cosas que no sabía cuando decidí emprender.
Tenía toda la intención, toda la ilusión, y también… toda la ingenuidad del mundo. Nadie te enseña a emprender con emociones, a sostener la incertidumbre, ni a construir estructura mientras aún te tiembla el piso.
Y aunque hoy tengo más claridad, sigo recordándome que emprender no es una meta, es un proceso de aprendizaje continuo.
No escribo esto desde la perfección, sino desde la conciencia: algunos errores los superé, otros los sigo trabajando.
Pero contarlos me ha permitido ayudar a otras mujeres a no tropezar con las mismas piedras.
Quiero ahorrarte varios tropiezos (de esos que duelen y cuestan), hoy te comparto los tres errores más grandes que cometí al iniciar mi camino emprendedor, y lo más importante: cómo los he corregido. ¡Sí, a veces suelen aparecer de vez en cuando!

Este ha sido, sin duda, el error más sutil, y el más paralizante. Durante meses, planifiqué, investigué, ajusté… y no hacía nada.
Esperaba sentirme completamente lista, segura, con la estrategia perfecta y el plan impecable.
Hasta que entendí que la claridad llega caminando, no esperando.
Emprender no es un examen donde debes tener todas las respuestas, es un laboratorio donde las vas descubriendo.
Y aunque hoy planifico con más estructura, todavía me repito esta frase: “No necesito tenerlo todo claro para dar el siguiente paso.”
Ese recordatorio me ha salvado más veces de lo que imaginas.
Aunque aún me cuesta he decidido mostrarme imperfecta, pero real. Con errores, con miedo, pero con intención.
Y cada vez que una mujer me escribe diciendo “me identifiqué contigo”, recuerdo que no hay que ser perfecta para inspirar: solo hay que ser honesta.
Hubo una etapa en la que hacía de todo: cursos, diseños, ideas nuevas, estrategias en mil direcciones. Sentía que estaba ocupada, pero no avanzando.
El multitasking me daba la falsa sensación de productividad, pero en realidad me alejaba de lo esencial: crear y vender algo que realmente ayudara.
Hoy entiendo que la acción sin dirección es solo ruido. Y aunque a veces vuelvo a caer en la trampa del “hacer por hacer”, cada vez tardo menos en regresar al foco.
Cuando te das cuenta de que menos es más, el negocio respira contigo.
Sí, este fue uno de los errores más caros, y más comunes.
Cuando empecé, todo iba al mismo lugar: ingresos, gastos, compras personales, materiales…
No había una línea clara entre mi dinero y el dinero del emprendimiento.
Y claro, eso generaba descontrol, frustración y culpa. Sentía que trabajaba mucho y que el dinero “desaparecía”.
Hoy tengo cuentas separadas y sistemas de registro simples, pero realistas. Y aunque a veces aún caigo en mezclar un pago o en “ya lo anoto luego”, ahora lo detecto rápido.
No se trata de ser perfecta con tus finanzas, sino de mantenerte consciente. Ese pequeño hábito ha sido clave para pasar del caos a la calma.
Durante mucho tiempo creí que debía ir al ritmo de las demás. Miraba a otras emprendedoras y pensaba: “ya lo lograron”, “van más rápido”, “yo debería estar ahí”.
Esa comparación me robaba la energía y la gratitud por lo que sí estaba construyendo. Con el tiempo aprendí que cada proceso tiene su propio reloj, y que comparar caminos distintos solo genera desgaste.
Hoy sigo cuentas que me inspiran, no que me presionan. Y cuando el viejo hábito vuelve, me recuerdo: “Tu ritmo también es válido.”
Durante meses, intenté ser contadora, diseñadora, community manager, estratega y hasta psicóloga de mí misma. Creía que podía con todo —y la verdad es que nadie puede hacerlo todo bien al mismo tiempo.
Hasta que entendí que no se trata de hacerlo todo sola, sino de rodearte bien. El acompañamiento transforma el camino.
Cuando empecé a pedir ayuda, en mentorías, colaboraciones o delegando tareas; mi energía cambió.
Pude enfocarme en lo que realmente me da propósito: crear, enseñar, acompañar.
Todavía me cuesta pedir ayuda a veces, pero ahora sé que no hacerlo tiene un costo mucho mayor: el agotamiento.
Por ejemplo, pasaba días enteros creando una publicación para Instagram (que muchas veces ni publicaba), cuando en realidad lo que necesitaba era salir a hablar con mis potenciales clientas.
Esto me ha enseñado a no dedicar tanto tiempo a lo que no suma directamente a mis resultados, es decir, a priorizar y simplificar las actividades. Menos plataformas, menos ruido, más foco. A veces avanzar no es hacer más, sino hacer mejor lo esencial.
El emprendimiento es una siembra. Y cuando sembramos, no podemos exigirle al fruto que madure antes de tiempo.
Al inicio, me frustraba si algo no funcionaba en un mes. Veía a otros avanzar y pensaba que algo estaba mal conmigo, que no estaba haciendo el trabajo o que no lo estaba haciendo bien.
Hoy sé que el tiempo también es parte de la estrategia. El proceso enseña, pule, fortalece.
Y aunque sigo siendo impaciente en algunas cosas, he aprendido a celebrar el progreso invisible: el crecimiento interno, la resiliencia, la claridad que llega después de cada intento.
Entre métricas, tareas, publicaciones y pendientes, perdí varias veces el sentido original de por qué hacía todo esto.
Mi propósito se diluía entre la rutina. Cuando te desconectas de tu “para qué”, el emprendimiento se vuelve una carga más.
Por eso, cada cierto tiempo vuelvo al inicio, a recordarme: “Esto no es solo un negocio, es un proyecto de propósito, mi proyecto.”
Sigo aprendiendo a mantener ese equilibrio entre estrategia y alma. No siempre lo logro, pero hoy sé que la conciencia es el mejor punto de partida.
Este error me ha salido caro, literalmente.
Cuando empezamos, muchas veces sentimos que no tenemos “derecho” a cobrar. O que si pedimos lo justo, nadie comprará.
Así que terminamos regalando nuestro trabajo, o vendiendo tan barato que el negocio deja de tener sentido, e incluso puedes desanimarte al ver que trabajas mucho pero el resultado es poco.
Ofrecí asesorías a precios simbólicos “para ganar experiencia”, pero lo único que gané fue agotamiento y frustración; y que muchos no valoraran mi trabajo. Ahora sé lo importante que es valorar mi tiempo como el activo más importante. Si un proyecto no aporta aprendizaje, ingresos o disfrute, me es más fácil decir que no.
Y entendí algo clave: Cobrar justo no es ego, es respeto por el valor que aportas.
Durante mucho tiempo pensé que podía hacerlo todo sola. Leía, probaba, buscaba información gratuita, y aunque aprendía, no avanzaba con claridad.
Tenía miedo de invertir en formación, mentorías o herramientas, porque creía que no podía permitírmelo…Hasta que entendí que no invertir en mí también tenía un costo: el de seguir estancada.
Cuando finalmente me permití aprender de personas que ya habían recorrido el camino, todo cambió, fue cuando realmente comencé a sentir que al fin avanzaba.
Mi mentalidad, mi negocio y mi confianza dieron un salto. Invertir en ti no es un lujo, es una forma de respeto hacia tus metas.
Hoy lo sigo recordando: cada vez que me formo, no gasto… me preparo para crecer con estructura y propósito.
Emprender sin estructura es como intentar construir una casa sin plano. Tienes materiales (ideas, talentos, energía), pero sin dirección terminas agotada y con resultados dispersos.
Mi consejo, ponle método a tu crecimiento:
Define tu objetivo mensual.
Traza una rutina de acción clara.
Revisa tus finanzas.
Y celebra los pequeños avances (porque también cuentan).
Emprender no es tenerlo todo bajo control, sino aprender a sostenerte incluso cuando no lo tienes. Cada error trae una lección, y cada lección te acerca a tu versión más consciente.
Hoy sigo aprendiendo, cayendo y levantándome. Pero con cada intento, siento más calma, más claridad y más libertad. Porque los errores dejan de doler cuando entiendes que fueron necesarios para construirte.
Si estás empezando, no te castigues por equivocarte. El emprendimiento no es una línea recta, es un camino de prueba, aprendizaje y mejora.
Hace poco, en una conversación con mi coach, me dijo algo que me marcó: “El emprendimiento no es lineal. Aunque tú no veas grandes avances, los demás sí los ven. Has crecido más de lo que crees.”
¡Y tenía razón!
A veces medimos el progreso solo por resultados visibles, pero el verdadero crecimiento también ocurre en silencio: en las ideas que ordenas, en la confianza que recuperas, en la claridad que vas ganando.
Cada error que cometes es una pista de hacia dónde debes mirar. Y cada decisión que tomas, una oportunidad de construir la vida que imaginas.
Aprender de los errores también implica revisar tus finanzas. Descubre cómo hacerlo con mi guía “Cuentas Claras, Sueños Grandes” te ayudará a ordenar tus finanzas, tus metas y tus pasos como emprendedora.
“Los errores no definen tu camino, lo revelan.
Aprender de ellos es la forma más honesta de crecer.”
— Yuri González
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